9 de enero de 2012

Quema, la memoria.

-Las palabras duelen, huelen distinto; son de colores, ya sabes- te digo. Tú te ries y me miras como si tuviésemos el tiempo medido en sorbos y en un ovillo metido en las dos tazas de café que están sobre la mesa. -Espirales- añado, -los años pasan así-. Siempre aderezas tu silencios con un -calla, loca- y me echas el humo del cigarrillo que pasa impune entre tus medias sonrisas; esas que tanto he pensado estos últimos años, los que hace que no nos bebíamos la sobremesa de los miércoles juntos.


-Sigues igual que siempre- no sé si afirmas o preguntas nervioso. Nunca entendí bien ese puto aire de ironía de la que pintas todo lo que hago, con tus palabras, con tus letras, con tus ojos. Supongo que he ahí el secreto: no nos entendemos demasiado, nosotros que siempre fuimos los primeros en entender al resto. Ese montón de buenas opciones que dejamos de lado a causa de una buena dosis de indiferencia, la que va en el mismo pack que la eterna búsqueda de "perros verdes" a los que retar a una batallita de conquista; o en los que reflejarnos. Vaya, lo que tú y yo somos: una partida de "rompeladrillos" con infinitas vidas, el caos de este palabrerío ordenado... vaya, lo que tú y yo siempre hemos sido.

-Tienes un maldito misterio encriptado, o enquistado, yo qué sé, en el cuerpo, que te habita y solo sale a hacer amigos, los vuelve adictos, los distorsiona; después viene todo lo sectario- me escribes en la agenda mientras hago que no te he visto y me paseo, taza en mano, hasta la ventana. -Se debe de haber congestionado el día- sonrío, y me dejo ser, como siempre que estoy contigo. Ahí te dejo mi "yo", (le pongo un lazo, si quieres, para que no me digas que no soy detallista), sobre el mantel y a mesa descubierta, sin trucos, para que lo untes en el café y en el frío del que se ha vestido la tarde.


Lo cierto es que no nos quedan cartas coherentes que jugar en este poker infinito y sin embargo, aquí estás y aquí estoy, renovando los besos con velcro; tú con las botas raídas de tanto camino andado y en remolino, el flequillo y la costumbre de soplarte las manos antes de hablar, como si te diese suerte. Y yo... yo remachando la vida y con la fluorescencia de que estés aquí, en los ojos.

Aquí estamos los dos, gatos, en nuestro particular 1+1, bailando a las tres de la tarde como si fuese a entrar a nuestro antojo la madrugada; con los sueños supurando a través de la piel, haciendo el gilipollas; con la luz y el humo engalanando la estancia, descalzándonos locos; improvisando teatrillos; abrasando, la memoria.


No hay comentarios:

Publicar un comentario