30 de mayo de 2013

Las cosas del leer.




El tiempo y todo lo relativo a éste es ironía de la más alta calidad. 
Lo digo pensando en mi abuela. 
95 años enraizada a la tierra como una heroína con forma de cactus… y así, seguramente se irá, con capa y de pie. Fuerza innata y un indomable ingenio resumido en un viejo continente de sabiduría, unos ojos preciosos y un despertar más temprano cada día. 

Leyendo Hemingway he vuelto a recordar la paradoja del tiempo; lo cierto es que a medida que uno se va  haciendo más mayor se despierta con una sorprendente, sobre todo para mí, facilidad colosa… estrenando el día cuanto antes mejor, como si se quisiera alargar cada jornada sutilmente y con ella, supongo, la vida.
Imagino esto como un reflejo más, inconsciente y propio de nuestra condición humana que egoístamente no quiere llegar a su fin. Que no quiere ahogarse en la nada o en el todo. Yo qué sé. 

Suena tétrico pero aquí, en esta esfera, la muerte, siempre ha sido tan real como desconcertante, por eso, a casi todos sus fichajes los prefiere con mal cuerpo y peor semblante a la hora del disparo final; va buscando sus peores fotos: el limpio reflejo del miedo; 
el sonido del último clic.

Hablaba del madrugar de los abuelos, sí, perdón… resulta que éste a su vez, es proporcionalmente inverso al caso del general y particular de los jóvenes del hoy: gran saco, vacío o no – ese es un debate a parte - en el que me incluyo. Tersos todos, como queriendo quemar la vida misma en una noche (o en varias) dejamos en “aquís” y “allás” sacos de vitalidad que caen por peso ajeno en un sumidero hondo y oscuro llamado -crisiseverywhereyparatodos- donde lo único que no falta es el cocktail de la casa: desilusión solita, o con hielo (invito yo) según el gusto del imberbe, vitalmente hablando, consumidor.

A mí, como a mí abuela, no me gustaría triturar mi tiempo enganchada a una pena que por lo menos, no depende de mí; que la vida a veces es sal en la llaga ya lo sabemos todos (o casi), ¿no? Pues que no pase un día sin que intentemos madrugar… (entiéndase por amar la vida a bocajarro, a las horas de cama les tengo un gran respeto) y cuando arda,
 ya me encargaré de llevar puesta nariz de payaso y patillas de colores, así, cuando me pille el "photofinish", siempre podrán llamarme ilusa...
 o gilipollas...
pero feliz o k ase.







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