18 de septiembre de 2013

Cor.





Yo que siempre fui palabra libre. 
Tú que nunca lo fuiste; ni te fuiste del todo.

Siempre creí de muy mal gusto eso de reducir al otro a una auto-mitad; a un "te quiero, nena" barato que casi siempre esconde un "para mí" en la guantera. Suena a magnate escogiendo a pie de barra americana; a escote con billete de 500, pero, por esta vez, no tenía intención de decir no a tu recogida de firmas... en lo alto de mi cuello; asumiendo un falso derecho a olvido (del resto) puesto en común en la junta organizada al final de tu espalda.

Diluímos en saliva aquel sentimiento tuerto; un sin sentido, pues éramos dos impares en un mismo sujeto: sujetos al mundo en un "continuará" y predicándonos en bucle entre tanto caos. Y es que esta esfera, hasta entonces, era la secuela de una peli que empieza mal y acaba peor que una de Rambo. Hazte a la idea.

Entre tanto término, no terminábamos de encontrarnos, así que probamos a jugar con destrucción masiva y no, no nos matamos, pero el desgaste toco hueso. Y en el fondo, sentaditos, una mañana cualquiera:
-hasta nunca- 
disparó rotundo, 
mi punto, 
a tus finales metódicos.

"What a pity, Annie" tranquilo, 
lo de que este drama nos lo fumamos a medias. 

Ya sabes, no siempre ha sido mejor lo de "menos es más", a veces las perdidas pesan como piedras grandes en los píes; joden como las pequeñas en los zapatos;
 y si se trata de flotar, el salvanoches auxiliar a la copa, 
siempre cuelga de mi boca.

Comenzaste a hablar y sonó el eco de un poema verde como el de Neruda, 
luego vinieron los reproches con sus sumisas comas:
mi muso el punto sentenció:

Vuestro lado "abismo" 
se ha enamorado del fin,
y ya sabes,
puedes besar a la novia,
ahora o nunca,
porque todo lo que termina... 
termina en mí... 
y ya,

¿no.

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