3 de diciembre de 2013

12



Renací. Como cada día.
Sorbí el agua del vaso y después, sumisa, caí en la coreografía rutinaria de mis cadaunadas. 
Manos al cielo y de ahí al tronco. Dos veces.
Despertarse aunque se quiera seguir soñando, esa maldita pandemia, me dije: el tic-tac vital que acaba en TOC.
Revisé la agenda. Desde hacía poco había decido dosificar mi caos por días. 

La casilla en blanco lucía el correspondiente crespón de lunes. Por suerte me había despertado una hora antes y por fin no llegaría tarde al trabajo.
Luego de sentirme un gato, único ser despierto en toda la manzana, tuve que dar gracias a mi yo más analógico y su peculiar conflicto con el nuevo despertador: estaba amaneciendo. 
La alarma cantaba cíclica, como cualquier triunfito en la ducha. 
LUNES: destrucción masiva de tiempo libre, me dije, ¿me invadirán las tropas del invierno? Hay fríos tan afilados...
No sé muy bien cómo, fui a topar con mi ventana. Le bailé el agua a aquella persiana en huelga desde hacía dos semanas y cuando cedió apoyé la nariz en el cristal; noté el frío afuera. 
Dibuje un cuatro con la palma de mi pie sobre la rodilla. 
Mis ojos descalzos, sentaditos en el alféizar. 
Entonces vi el paso, transitorio, como todo en esta vida, del negro al día. Como un niño sentado por primera vez en la butaca de un cine me imaginé en medio de un intercambio fugaz de miradas. 
Éramos un cielo destiñendo y yo. 
Metafóricamente, pensé que el mundo me guiñaba un ojo. Así lo hace con todos, cada vez que amanece y seguimos vivos; abrirse; abrirnos. De seguido me soñé viviendo en unos con forma de árbol. En el salón de tu par de pupilas, por ejemplo, rotas como un saxofonista en mitad de un blues.
Tus ojos en contacto con los míos: cíclopes; rendidos. 
Única vía de contacto sin el piel&piel.
Ojos.
Hojas en blanco.
Ojalás que puedo tocar.

Por eso, me los imaginé sin color. Sabiendo de sobra que los hay azules insípidos que una vez recorridos ya no te suenan a mar. Que hay miradas que huelen a cerrado y no al eucalipto que en el primer vis a vis te hizo hiperventilar. Que también los hay negros, siempre al acecho como puertas de emergencia en los que tintinea un brillo que parece dibujar: 112. 112.
Y que como casi siempre, también hay más marrones que verdes. TODOS amaneciendo a destiempo; palpando la vida... Hice memoria y no recordé ningunos transparentes como los tuyos: ovillos que me hilvanan primaveras enteras a este lado de la ventana.

1 comentario: