6 de marzo de 2014

Multipolar




Se escribe con la piel vuelta; vísceras (sobre todo, el corazón) al aire. 
Y si puede ser, en plena ciclogénesis emocional.


-


Todos los vagones que cojo van a donde no deben.

Mi destino final es siempre fruto de un sorteo en el que no participo; cosa que, ahora que ya estoy acostumbrado a estos episodios dignos del Dalí más surrealista, agradezco.

Por lo general, salgo de mi casa siempre a la misma hora. Son las ocho en punto y el día, pistola en mano, se presenta como otro de tantos en mi consulta. Hago las predicciones habituales sobre el resultado del fútbol mientras salgo del portal, no sin santiguarme, claro; no hay que tentar al devenir en tiempos revueltos como los nuestros.

Esquivo el puesto de la lotera, -esa arpía- me digo mientras recojo el periódico y la matinal mirada inquisitiva de mi quiosquero preferido. Dicho sea que no hay otro en todo el barrio. Como ve, no soy del todo sociable pero no necesito más clientes así que hace años que dejé en la escombrera, junto a mi matrimonio, la política de bar y lo correcto. No me complacen, señor, los prestigios de corrala.

Después, tomo la primera calle a la derecha. Camine hacia donde camine acabo tropezando sin error con lo que parece una boca de metro. Y usted se preguntará qué tipo de extravagancia ve este chiflado en una maldita entrada de subterráneo... Pues bien, según me voy aproximado, advierto que la boca lejos de ser corriente es de señora.

El atrezzo de alrededor es el propio del cualquier transporte público pero de los orificios de lo que parece la nariz, cuelgan carteles donde se indica la parada en la que me hallo. Un nombre propio reluce escrito en chirriante neón. Lo curioso es que van cambiando diariamente y ninguno, fíjese, me pilla de sorpresa.

Los nombres no son elegidos por bienandanza sino que corresponden a féminas en la que habité. Y sí, madre no hay más que una pero yo le hablo de otro tipo de inquilino. Se trata de mujeres que formaron parte de esta historia, la que ahora le describo. Manuela, Carmen o Gala, por ponerle tres ejemplos entre mil que ayuden a esclarecer este carro de recuerdos que arrastro. Sin duda, una maleta de granito llena de piedras; todas ellas preciosas, eso sí.

Una vez atravesados los labios y bajados los peldaños de perfecto esmalte, que no son sino los dientes de mis ex amadas, encuentro una sala de techo altísimo y enrevesada estructura de cuello. Rodeando la garganta, y en espiral, fotografías. Es como un árbol genealógico sentimental; algo que me inquieta sobremanera. A mí, que soy un tipo serio, no me gusta hablar de corazones. Tampoco verlos bailar en el techo como un móvil de cuna.

La estancia me recuerda a la de un museo, aunque no sabría decirle el nombre exacto. Soy pobre de memoria. Quién lo diría siendo capaz de recordar sílaba a sílaba nombres que creía olvidados y que me han traído hasta este sillón.

De las paredes de la "gruta" cuelgan guiones; guiones de finales. Están escritos con la caligrafía de la que da nombre a la estación y que se sujetan en cuartillas verdes con mi nombre. Detrás de los folios encuentro, haciendo las veces de ventana, lo que parece la puerta de una lavadora. Auténticas compuertas domésticas que dan paso a un tsunami en blanco y negro.
Tiempo envasado al vacío.

Es como el escaparate de la vida que no elegí.
El paisaje de mi existencia que me perdí.
Aquello que perdí o que nunca me atreví a ganar.

Lo reseñable en el asunto es que los guiones cobran vida y por ende, puedo probarlos. Solo tengo que colarme a través del agujero que queda tras los papeles y el cristal cónico. Nada más introducir un zapato en esa nada, suena un bolero que me resulta extrañamente similar al que tarareaba mi madre para dormirme. Si no fuese quien soy, diría que es como... una vuelta al útero.

Una vez dentro, la materia se hace gris y el aire tan denso, que puedo tocarlo y darle forma. De pronto soy un "bebé" flotando en lo más plomizo de la vida: los recuerdos. En más de una ocasión perdí el sombrero, la pajarita empezó a dar vueltas... y el cuerpo me mutó según los ademanes de las circunstancias que hubiesen sido si el tiempo me hubiese llevado hacia otro puerto... naufragando en la fragancia de Margarita o fregando los platos de Silvia un domingo cualquiera.

Un pitido pone fin al ciclo corto. El centrifugado transversal por mi "no tiempo" se apacigua y aparezco de nuevo y de manera consciente en otro caso: otra compañía, cualquier otro lecho de mis pasadas.
Supongo que es lo mismo que sentirse un fantasma expatriado que como última opción, se instala en el recuerdo, siempre ardiendo, de sus seres bien queridos.

Puedo saber quién sería si no fuese yo, y si me esfuerzo, puedo incluso llegar a creérmelo.

En cada portfolio hay una puerta a una vida que no es ahora y que siento la necesidad de cruzar para llegar a conocerme, por ejemplo, recolectando café y casado con Mariana, construyendo un bote para los hijos que nunca tuve con Andrea o visitando al papá enfermo de María.

Una existencia, que no existe, de la que puedo disfrutar cuanto dure mi maravilloso letargo.

Como ortodoncista que soy, intuyo que lo de la boca será un elemento fetichista poco conexo dentro esta pecera indescriptible que llevo sobre los hombros. No encuentro otro término para definir mi cerebro y lo de mis otras vidas. Si yo siempre he sido muy cuerdo, mi padre era un respetado registrador... ¡No sé cómo ha podido pasarme!

Cuando me canso de no ser, e intento volver a mi insípida pero ordenada vida, me encuentro con que huir no es opción fácil: ironías de vivir, las hay de todos los colores. De cada folio salgo como con la piel vuelta, pierdo la noción no mía sino de mi dos, o de mí en otros años o de yo qué sé; y entro en una elipsis de tiempo y papel que desemboca en un cóctel de circunstancias recicladas.

De un pasado que no pasó a un presente, puedo afirmar, ciertamente difuso.

¿Cómo puede ser que recuerde con total claridad, listados enteros de teléfono, mujeres a las que puse número e historia en las que alguna vez me fijé? El número exacto de canicas que me regalo mi padre en mi quinto cumpleaños o las hondonadas de la cazuela con la que Bruno me cortaba el pelo, aparecen nítidas en mi mente. Las letras de asiento desgastado que escribí a mis amores de más tierna infancia y los billetes de transporte público compartidos... Todas las veces que me equivoqué. Todo lo prendido. Los 356 cigarrillos que me fumé a medias aquel verano junto a los besos de Adriana: aunténticas cápsulas de dinamita.

Un amasijo de vida que me llevó al que soy hoy. O no. Y concluyo, no sin sorpresa, que es el amor el que me ha mantenido vivo hasta ahora. Muy señor mío, amor hervido, no correspondido; amor de tuétano, amor rancio y redimido, formal, clásico, progre. Amor de suelo, de sueño, de muerte; amor que acabó conmigo, que me obligó a mudarme una y mil veces de planta, a comprarme un perro, un coche, a aprender a bailar.

Que me arrasó.

Amor.

Y entre amor han transcurrido los tres años que llevo aquí.

Van y vienen, los trenes, sin que yo pueda escoger un destino exacto. Lo único exacto es que siempre acabo varado en algún rincón de mi vida y enfundando una personalidad que ni siquiera tuve que olvidar... porque nunca fui en ella, ni en ellas; o sí.


Lo que no entiendo es lo de esta camisa de fuerza al despertar, doctor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario