22 de mayo de 2014

BOOM




Las palabras son animales de colores, por eso, también son las mejores amigas del hombre. Porque definen lo sensible: la vanagloriada carroña emocional. Dentro del kit de supervivencia humana al que llamamos arte, tendemos a apreciar fuerte lo que más duele, lo que remueve. Máxime cuan más cuervo le ha vuelto a uno, el sentimiento puro.

Palabras, como continentes, como plagas; elementos invasivos de mi vida, me tenéis empapelada. Cuando os veo gotear de la nube a mi almohada y os pido alas, siempre me dais (h)ojalas; me alhajáis. 

Del corazón al cerebro y de ahí a las antenas de la piel... al rail de los ojos; y luego –boom- os esfumáis en lo que dura un cigarro compartido o una poesía a medias; en lo que tarda en deshojarse un corazón, o sea, una primavera.

Palabras y hombre, reflejo de si mismos, perseguidores, ambos, insaciables de amor y córtex: equilibrio utópico y viceversos. Sabuesos en busca del caos que cuadre el circulo que supone ser humo, digo humano: seres de un rato.


Ay, la levedad del ser y otras vísceras; el aterciopelado yugo de la tristeza...

Antes de que florezca en mí la razón, que lo hagan las flores.

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